Capítulo X, El del “hasta siempre”

... entonces será maravilloso haberlo escrito.

 

Anoche, dando vueltas en la cama sin poder dormir, mareada con el calor asfixiante de este julio y preguntándome si mi hijo estaría pasando buena noche después de un día de fiebres altas, pude haber escrito el mejor último capítulo para este diario de memorias. Vino a mí colándose entre la oscuridad, el calor y las preocupaciones, de puntillas en el silencio de la pegajosa noche. Y tras el sueño se esfumó, se desvaneció, se disipó con la luz del día… en fin, espero que los guijarros que haya dejado en el cauce de mis pensamientos, sean suficiente para concluir, con la dignidad que estos recuerdos se merecen, la última de sus páginas.
Yo, como tú, soy lo que de mi han hecho un cúmulo de circunstancias y la memoria genética de aquellos que me precedieron. Si soy o no el mejor resultado posible de esta combinación es difícil de decir. Soy despistada, torpe y bocazas, pero también soy empática, buena y cariñosa y, entre medias, tengo un “geniecico” punzante que, aunque amansado por el paso del tiempo, aparece de vez en cuando dándome un toquecito rebelde que, no sin sonrojarme, diré que a mi me gusta, no se si quienes me rodean pensarán lo mismo cuando lo sufren. Como suele decirse y como ya sabrás perfectamente, no tengo abuela, pero la tuve, y ella fue esa parte de las circunstancias y de la genética responsable de la base de todas mis virtudes, por eso no me avergüenza reconocerlas en voz alta porque, en cierta manera, hablan de ella a través de mí.
El amor salva vidas, las mejora y les da sentido, las rescata, las endulza, un gramo de amor del bueno vale por un kilo de pesares.
Mi yaya, mi padre, mi familia, mis amigos, mis parejas, mi príncipe azul, mi hijo … el amor que me han regalado ha llenado mi vida de ilusión y de felicidad, pero lo que le ha dado el verdadero sentido de ser, lo que realmente hace que este viaje merezca la pena, es el amor que han hecho nacer en mí, la semilla que han dejado cada uno en mi corazón al pasar por él, sin importar si estuvieron al principio o al final, en todo momento o sólo un instante, si la historia acabó bien o no, eso no es lo esencial. Todo aquel que haya hecho brotar el amor en nosotros en alguna ocasión nos ha hecho el mejor de los regalos y se merece un recuerdo feliz.
De eso va todo esto, este relato de memorias, este homenaje, esta prueba de vida es un recuerdo feliz, un gran recuerdo feliz. Una manera de agradecer mi regalo.
Y si además ha servido para que al menos una de las personas que ha viajado del capítulo I al X le haya dado la vuelta a su papel y ahora pueda verlo del lado dulce y se sorprenda leyendo estas últimas líneas con una sonrisa en sus labios, entonces será maravilloso haberlo escrito.
Hasta siempre,

Cristina

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Capítulo IX, El de la mágia

... es magia

 

Si no hay reproches no hay pesares. 

            Es lógico sentir la tristeza de tu alma despidiéndose, de algún modo, de las personas que amas cuando te dejan. En un principio, no podemos ver más allá porque sentimos que no podremos vivir sin verlas, oírlas, tocarlas, y sin que ellas nos vean, nos oigan y nos toquen, pero yo creo que el tiempo que dure el luto con que la pena vista a tu alma, dependerá directamente del tipo de relación que hayas tenido con esas personas y de lo que te hayan dejado en el corazón. 

            Yo lo he comprobado en primera persona y a través de las conversaciones que he tenido con mis tíos y mi padre tras la marcha de mi yaya. A nosotros ha venido la calma a sorprendernos, cuando contra toda previsión, nuestro espíritu no se ha roto al no estar ella. No se puede echar de menos a quien, sientes, que no se ha ido. Todos le hablamos y sentimos que nos escucha. No es que seamos unos lunáticos, de veras, yo lo que creo es que todos hemos sido tocados por su magia. 

                Mi yaya, en tan solo una vida, fue capaz de hacernos sentir a cada uno especial a sus ojos. 

            Cuando disfrutas de alguien, y haces que ese alguien disfrute de ti, cuando amas de corazón y sin dobleces, y te aman de igual modo, cuando estás pendiente de otra persona y esta te cuida con el mismo cariño, cuando sientes que todo el tiempo que habéis compartido ha sido por el gusto de hacerlo y que no has dejado nada para un mañana que ya nunca amanecerá, es entonces cuando no sientes que te hayan abandonado, cuando la presencia del que se va, realmente la sientes a tu lado, como si no se hubiera ido a ninguna parte, quedándose para siempre junto a ti. Eso es, lo que cuando te serenas, mata a la angustia del primer momento. Es magia. 

            A mi parecer, las relaciones completas son las que menos se lloran, las que te permiten ver el cielo azul y nítido tras la tormenta con mayor premura, y disfrutar de sus estrellas por la noche. 

He vivido más perdidas de las que hubiera deseado y, sin duda, la que más ha dañado a mi espíritu y se ha agarrado a él casi asfixiándolo, ha sido la de una  relación que quedó archivada en la carpeta de “pendientes”, la que no salió como yo hubiera deseado. Fue precisamente esa sensación de tener “algo inacabado”  la que, durante mucho tiempo, me impidió cerrar esa carpeta y guardarla con sosiego en el cajón del recuerdo. Tardé, tal vez, demasiado en aprender a resignarme. Pero esta vez no he necesitado echar mano de ningún tipo de resignación, pues mi yaya impregnó mi alma con su magia y me dejó la más completa de las relaciones, para que la disfrutara cada vez que sus recuerdos vinieran a saludarme. Y el dolor desapareció, sin más, casi sin darme cuenta tras pasar el primer e inevitable periodo de nostalgia. 

Mi yaya fue una persona muy especial. Como los grandes magos, supo colocar cosas dentro de los suyos sin que la viéramos hacerlo, y después, de repente, han aparecido ante nosotros sin más, como en los mejores trucos. 

Fuimos conscientes en todo momento del amor que nos tenía, como lo fuimos del que le teníamos nosotros a ella, pero sólo ahora, tras hablar con cada uno de sus hijos por separado, he sabido ver como lo hizo, como nos llenó de esa manera tan maravillosa el alma: Hizo que cada uno de nosotros se sintiera especial a sus ojos, y lo hizo desde la incondicionalidad del amor con que nos miraba. Ella nos conocía a todos muy bien, sabía de nuestras flaquezas y se deleitaba con nuestras virtudes, y de este conocimiento provenían los poderes con los que nos hechizaba. A todos nos amaba con locura, pero su trato era personalizado, en cada caso se manejaba según nuestro carácter le apuntaba y le dictaba su corazón. Lo más hermoso es que lo hacía sin darse cuenta, estoy convencida de eso. El hecho de ser suyos, nos hacía preciosos a sus ojos, incluso viendo como veía en nosotros los defectos, al mirarnos mientras hablábamos, se le escapaba el amor y el orgullo por los ojos, y eso, es lo que hacía tan especial a su mirada. Aún sabiendo que conocía cada uno de los rincones más oscuros de nuestro corazón, sus ojos parecían no verlos cuando nos devolvían la mirada, y la sonrisa que se instalaba en sus labios al vernos llegar y que conservo con ternura en mis recuerdos, acaba de confirmármelo. En ese momento te sentías única para ella, y era esa sensación la que te convertía en alguien especial. 

Habrá personas que, al leer esto, crean que tal vez la cosa no sea para tanto, y es una pena, pues el que lo ha sentido sabe que no hay nada tan maravilloso ni que llene tanto a un corazón como el sentir que eres especial para alguien a quien tú amas. Es magia. 

De esa magia se nutren mis sentidos cuando pienso en mi yaya, y es esa magia, también, la que borra de mi vida la sensación de perdida, pues de algún modo el truco funciona, y ahora encuentro, como salido de detrás de cortina negra del mago, el convencimiento de que ella sigue conmigo, y su perdida no es tal. 

A mi yaya le gustaba pasar el tiempo con nosotros, conmigo. Sentía que escuchaba cada una de las palabras que mis labios pronunciaban, incluso las que se quedaban sin salir, guardadas junto al rubor, incluso ésas era capaz de escuchar, y lo hacía con paciencia, con dedicación. Sabía que estaba esperándome para sumirse conmigo en nuestras conversaciones, para aconsejarme ante mis dudas, para reprenderme cuando era necesario y para mostrarme el camino a seguir. Sé, también, que casi siempre me escuchaba sólo por el gusto de hacerlo. Yo he adorado siempre a mi yaya, y para mí ha sido la persona más maravillosa, por eso, el hecho de que ella me prestara su atención, de aquella manera tan entregada, era motivo suficiente para convertirme en alguien especial. Y así sigo sintiéndome. Yo soy especial, cada uno de nosotros lo somos, porque ella así nos lo hizo sentir, especiales a sus ojos, y ahora ya para siempre… 

                El amor de mi yaya por nosotros era hipnotizante, entraba por mis ojos como la luz cálida de una vela, mientras la miraba, mientras mi mirada se perdía en ella como se pierde en los ojos del que contempla la llama que sube tranquila desde su mecha, balanceándose sin prisa, casi a escondidas, y anulando al resto del mundo con la luz que desprende y que tras un tiempo sumida en ella, se le antoja cegadora por tenue que para otros sea. Es magia. 

            Sus risas parecen no querer abandonar mis oídos, ni los de quienes tuvimos la suerte de oírlas. Era una risa contagiosa, que salía del fondo de sus entrañas y acababa en forma de lágrimas en sus ojos. Se reía muy a gusto, pero sin estridencias. A veces se reía de mí, cuando llegaba yo a casa hecha un manojo de nervios o disgustada por algo que a sus ojos no tenía más importancia que la que yo quisiera darle, se reía de mí, y de verla, acabábamos por reírnos juntas. Y se reía conmigo, después de que yo me riera de ella cuando cambiaba con arte y sin darse cuenta el diccionario de la “Real Academia Española”, a la que con ella, de vez en cuando, de nada le servía limpiar, fijar y dar esplendor, pues era mi yaya la que se encargaba de eso a su modo. Tenía mucha “guasa” mi yaya, le gustaba reírse de todo el mundo, sin conformarse con la mitad de este, pero nunca era humillante, tan solo lo hacía para echarse unas risas y hacérnoslo pasar bien. Le gustaba poner motes y mofarse a escondidas de mi yayo, quizás para devolverle alguna de las trastadas que él le hacía. La risa de mi yaya me acompaña cada día, sintiéndola tan real que desde el pasado viene a contagiárseme. Es magia. 

            Mi yaya convirtió a mi familia en algo maravilloso a mis ojos pues, aunque cada uno de nosotros es diferente y pese a que vemos la vida, en ocasiones, de manera muy distinta, hay algo que durante todos estos años se ha mantenido sin sufrir nuestras diferencias; el cariño que mi yaya nos enseñó a tenernos y eso, también es magia.

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Capítulo VIII, El de la confianza

No tuve secretos para ti, nunca los necesité.

 

                No tuve secretos para ti, nunca los necesité. 

            Hoy en día la confianza esta en peligro de extinción, ¿cuantas veces hemos oído o dicho aquello de “pero no se lo digas a nadie” referido al secreto de un tercero? Demasiadas. Es difícil encontrar a alguien en quien confiar plenamente, a quien contarle tus cosas sin temor a la indiscreción, y más importante, es casi imposible conseguir que alguien te escuche y te aconseje sin juzgarte, sea cual sea tu confesión. Las personas tendemos a escuchar con los oídos, que están directamente enganchados a la cabeza, y esto hace que racionalicemos la información antes de sentirla en las entrañas y, en consecuencia, los pensamientos que generan las palabras que acabamos de escuchar no son, ni de lejos, los más afortunados en la mayoría de los casos. En estas circunstancias la respuesta que recibe nuestro interlocutor, si tiene suerte, como mucho tiene un cincuenta por ciento de efectividad a mi modo de verlo. Si por el contrario, escucháramos con el corazón, la información que recibimos seguiría un proceso completamente diferente y menos frío, desatando desde el primer instante un sentimiento de empatía que nos permitiría registrarla de una manera completamente diferente, y así nuestra respuesta también cambiaría substancialmente, cambiando por completo su sentido en muchas ocasiones. 

            A lo largo de mi vida he recibido demasiados consejos y respuestas a mis preguntas que han resultado ser  impersonales, estándar, prototipo, y han acabado por  no servirme prácticamente de nada, únicamente me han mostrado, realmente, a la persona que tenía en ese momento delante, con escasa fortuna debo añadir. 

Somos materia con alma y en más ocasiones de las prudentes se nos trata como a ecuaciones a la hora de ayudarnos a resolver nuestros problemas, olvidándose del alma y centrándose en la materia. Incluso, a veces, se tiene la sensación que la persona que se tiene delante, escucha lo justo de lo que le explicas para poder después lucirse con una respuesta demagógica que de nada te sirve a ti pero con la que esta persona parece haber nutrido su ego sin ningún tipo de pudor. De gran ayuda, sin duda. 

            Mi vida al lado de mi yaya no pudo ser más diferente. Ella me escuchaba siempre desde el amor que me tenía y eso, lo cambiaba todo. Entre nosotras no había temas tabú, ninguno. Al recordarlo ahora, me resulta casi mágico. Mi yaya era más de cinco décadas mayor que yo. Tenía quince años cuando estalló la guerra civil española y yo nací un mes antes de la muerte del dictador. Con pesar reconozco que no podríamos ser más diferentes en casi todo, o tal vez no. 

            No recuerdo mi infancia, después de los siete años, demasiado alegre, ni a mi adolescencia con especial cariño, excepto por ella. Ella que siempre estuvo allí, ella que me protegió, que acunó mis penas y las durmió, ella que me esperaba para escucharme y que disfrutaba con nuestras “charradicas” en la cocina mientras yo y mis tripas le hablábamos  al olor de sus guisos. 

            Mis secretos dejaban de serlo a su lado, pues no hubo alguno que no le confesará, o quizás uno, pero aquel me lo negué a mi misma durante muchos años así que no cuenta como una falta de confianza. Sabía que podía tratar con ella cualquier cosa, no era una persona “del que dirán” ni perdía el tiempo en falsos rubores, mi yaya era completamente de verdad, la persona en quien yo más he confiado y sus consejos, los que más me han ayudado cuando mi temperamento indomable me lo ha permitido. 

            La cocina de casa de mi yaya no era muy grande, sólo lo suficiente para ella y para mí. A lo largo de mí vida he ido a parar a esa cocina, posiblemente, más que a ningún otro lugar de este mundo. Los medios días solían empezar allí, con mi yaya entre fogones y yo buscando la manera de sisarle parte del guiso con el que en ellos mostraba su arte. Ella me picaba los dedos con la cuchara de madera, pero sólo para seguir con el ritual que empezamos cuando yo aún no tenía conocimiento, pues cada día encontraba dos pequeños platos tamaño café, transparentes resguardando alguna sobra de la noche anterior, pechuga rebozada, alcachofas, un trozo de tortilla de ajos tiernos, cualquier cosa llamaba la atención de mis ojos golosos, pues estaban allí “secretamente” para mí. Una vez ya con el botín en mi poder, me instalaba orgullosa de mi conquista sobre la mesa plegada contra la pared que quedaba a espaldas de mi yaya. Era una de aquellas mesas con una parte central fija y dos alas abatibles una a cada lado de la zona principal. Para darle espacio a la cocina, sus laterales permanecían siempre cerrados, esperando la Navidad, donde entraba a formar parte del cortejo de mesas que se instalaban en la terraza-comedor cubierta, o al verano, momento en el que se convertía en la auténtica protagonista de nuestras odas a las ensaladas de patata, porque entonces la transportábamos al comedor interior donde el calor no era tan intenso. En fin, el caso es que durante todo el año su misión inamovible fue la de soportar mi peso mientras mi yaya y yo nos sumíamos en  nuestras conversaciones, convirtiéndose así, en parte del momento más mágico del día para mí. 

            Con aquellas charlas distendidas, mi yaya me mostraba sin darme cuenta el camino más seguro y bello por el que podía yo llevar mi vida sin más sufrimiento del estrictamente necesario, y yo, desahogaba mi corazón de los pesares que en él se habían instalado, como las piedras pesadas en la barriga del lobo del cuento de los siete cabritillos. Aquellos momentos aliviaban mis heridas y me llenaban de fuerza para empezar de nuevo, cada día. 

            Hablé con ella de todo. Le conté mi vida paso a paso, mis alegrías, mis tristezas, le hablé de mi casa, del colegio, de los amigos, después de novios, de sexo, de desamores, de despedidas, del trabajo… del futuro, de todo. Y ella siempre me escuchó, por más que yo hablará, ella siempre me escuchaba, y me aconsejaba, y yo puedo llegar a hablar para aburrir a un sordo, seguro, pero aún así era ella la que me llamaba a la cocina cada día cuando llegaba a casa después de que la besuqueara y antes de que diera yo con mis huesos en el sofá. A mi yaya le gustaba hablar conmigo, y eso me hace sentir muy especial, independientemente de que sé que yo no era la única que disfrutaba de aquel privilegio, el que sus medios días fueran míos, me llena de orgullo, y estos son, en parte, responsables del gran amor que le proceso. 

            Mi yaya era la persona más sensata que he conocido. Parecía sacada del mundo de Utopía, su estructura mental se engranaba a la perfección con sus sentimientos, dándole de este modo un toque especial de cordura a todos sus consejos y mis secretos, dormían sin temor a ser despertados entre sus brazos. 

            A ella también le gustaba hablar. Me contaba su día a día, como habían sido sus ajetreadas aunque solitarias mañanas, me recitaba sus paseos al mercado y a como estaba la fruta o el pescado. Recorría mil lugares antes de comprar buscando el establecimiento que vendiera a mejor precio y, cuando encontraba alguna ganga, le brillaban los ojos de un modo especial al contármelo. De sus sentimientos también me hablaba, pero con más prudencia de lo que lo hacía yo con ella. Mi yaya me conocía  a la perfección y sabía que yo no era tan de fiar como ella. Todo lo que a ella le doliera no estaba a salvo en mis manos, ni en mi boca. Mi yayo lo sabía bien y ella aprendió a omitirme la información que de este lado provenía, ya que odiaba nuestros enfrentamientos. 

            Confieso que le hice padecer más de lo que me gustaría recordar. Mi genio es mítico dentro de mi familia, aunque con los años parece haber ido  perdiendo fuelle. Mi yaya era una persona muy prudente y correcta, y yo era la más imprudente y visceral de las personas, lo que nos llevó a reñir en muchas ocasiones. Yo siempre regresaba a sus brazos, llorosa y pidiéndole perdón, y ella siempre me disculpaba, con el ceño fruncido al principio y con cariños después. Nunca me fui a dormir sin su perdón, ni ella sin una disculpa por mi parte. 

            Mi vida giraba entorno a ella, pues era ella el eje de mi vida, lo inamovible, lo perenne, el punto de partida, y siempre temí perder el norte cuando ella se marchará. Pero no fue así. Mi yaya fue una persona muy optimista y de algún modo esa virtud la instaló en mi corazón en algún momento en que me despisté, y yo no supe darme cuenta hasta que la necesité. 

Durante nuestras charlas mi yaya impregnó mi alma de más de una cosa de la que todavía no soy completamente consciente, pero que seguro encontraré a lo largo del camino que me queda por andar sin ella, porque así  lo dispuso. De algún modo, mi yaya se aseguró de ante mano de que mi vida fuera, al fin, como ella la soñó para mí.

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Capítulo VII, El del secreto de familia

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Capitulo VI, El de la distancia II

Querida yaya,

Viladecans a 17-02-2005      

            < Querida yaya,      

            Ayer decidí saldar una deuda que venía debiéndote desde hace muchos años, por eso hoy te escribo esta carta aún sabiendo que no la contestarás.      

            Te escribo desde la habitación de los libros, ¿la recuerdas?. Es ya medio día pero el cielo no luce de un azul brillante como a nosotras nos gustaba verlo, la contaminación lo tiñe de gris. El lunes por la noche se levantó un vendaval como he visto pocos, que duró hasta la madrugada del miércoles. Fue como cuando llueve durante días, el firmamento recuperó su color original e incluso el aire parecía diferente. Pero hoy es jueves y ya ves, gris de nuevo. A través de la ventana veo dormir a las palomas de la plaza sobre las cañerías que bordean la fachada del edificio de enfrente, de vez en cuando, alguna salta al vacío al tiempo que despliega sus alas para bajar al suelo, primero planeando y después  batiéndolas con frenesí contra el aire. Otras hacen el camino a la inversa y se posan junto a las que creen que todavía no es hora de sacudirse el sueño, para disfrutar del calor del sol de medio día. Los toldos de los balcones ondean  tranquilos, sin prisa. La vida parece tomárselo con calma ahí afuera. Sólo, de vez en cuando, llega a mis oídos el canto aturdidor de una ambulancia corriendo hacía o desde el Hospital San Lorenzo que queda detrás del  bloque de pisos donde se encuentra el mío. Lo recordarás porque es  aquel edificio antiguo que pintaron hace unos años, con poca fortuna, de color ocre y que queda justo a la vuelta de la esquina, tras cruzar la carretera. Hay poca gente en la calle, la mayoría ancianos que pasean a trompicones su colesterol bajo el sol, posiblemente con el ánimo de perderlo en algún rincón o de quemarlo bajo el sol cálido de estas horas. Los pinos y las palmeras del parque de enfrente apenas mueven sus copas, el viento emigró completamente hace un par de noches, ni si quiera las grúas de los edificios en construcción del barrio se mueven, no entiendo muy bien el por qué. La vida parece dormir, como en Julieta tras tomar el veneno, en las moreras desnudas. Al otro lado de mi ventana te escribo mientras Kenny G toca su saxo soprano como nadie, casi en un susurro, pues no quiere despertar a Glop, que duerme plácidamente sobre la alfombra azul. Ahora que no estás tú, ha decidido que los pies que quiere calentar con su dorado y frondoso pelaje, son los del yayo y, por mucha gente que haya en tu casa cuando vamos, si le apetece abandonar el tacto frío de las baldosas del suelo del comedor, suele ser para estirarse sobre sus pies, por lo menos hasta que el yayo lo manda quitarse de encima entre quejas ceremoniosas para llamar la atención de todos nosotros. Yo creo que, en el fondo, lo que quiere es que los demás veamos a quien ha elegido el perro. Como ves sus cosas son las de siempre, pero su ánimo ha cambiado. La tristeza parece escapársele del corazón para reflejarse en su rostro y en su cuerpo. Últimamente apenas come para ir tirando y ha perdido mucho peso. Yaya, me gustaría pedirte que le mandes ánimos y que desde allí le ayudes a recuperarse, ya sabes lo flojo que ha sido siempre, y nosotros ya no sabemos que hacer. Olga está siempre pendiente de él, como lo estuvo de tí, pero él es diferente, difícil de llevar, bueno que te voy a contar, ¿no?. Tu chica te tiene siempre en los labios. Hablamos mucho de ti. Olga siempre me cuenta lo diferente que era todo cuando vivías con ellos dice que, a tu lado, nunca se sintió sola, aún cuando ya no hablabas sólo con tu presencia y tus miradas amorosas, ella se sentía en casa, querida y muy acompañada, recuerda con nostalgia vuestras oraciones. Te quiso como se quiere a una madre, pues eso fuiste para todos nosotros. Buenas noticias yaya, ahora que tus socialistas están de nuevo en el gobierno, han decidido ponerse manos a la obra y coger al toro por los cuernos, regularizando la situación de los inmigrantes que trabajan en España. Les están facilitando papeles a los que puedan demostrar que llevan trabajando aquí más de seis meses, en un último intento de arreglar las cosas en este terreno. Olga ya los está tramitando, incluso ha empezado ya a pagarse el pasaje de ida y vuelta a Colombia. Por fin va a volver a ver a sus niñas y a Julio, y conocerá de una vez a la pequeña Valeria que a juzgar por las fotos que le envía su hija, está creciendo hermosísima. Le cambia la cara cuando piensa en esto y su ilusión hace que se encharquen mis ojos cada vez. Olga dice que tú tienes algo que ver en ésta nueva situación de esperanza que está viviendo, dice que hicisteis un trato; si ella cuidaba del yayo cuando tú faltaras, tú velarías por ella y por que volviera a estar con los suyos. Cada noche te pide por eso.      

            En cuanto a mí … hace ya unos meses que la empresa en la que trabajaba cerró y yo decidí que tal vez era el momento de darme un respiro, parar para coger aire y poder seguir sin derrumbarme, quizás esto era lo que necesitaba . Ahora pienso que ya estoy lista para retomar mi vida donde la dejé cuando te fuiste y, de hecho, estoy pendiente de un empleo que pinta muy bien. Realmente las cosas se dan cuando se tienen que dar, empecé por echar de menos mi antiguo trabajo, mis papeles, mis compañeros, mi otra vida fuera de estas paredes y supe que ya estaba lista para seguir adelante.      

De bebé aún nada. La ginecóloga me da ánimos, dice que todavía soy muy joven, que el tiempo no me aprieta, que en las pruebas que me ha hecho todo sale bien, y que tal vez sólo sea cuestión de tiempo.      

El resto de la familia está como la dejaste. Los tíos trabajando, mis primos felices con sus cosas, mi padre con mucho ánimo y yo tranquila porque sé que de eso te vas a encargar tú personalmente, y mi hermana ha vendido el cibercafé y ahora es administrativa a tiempo completo, está feliz y más tranquila, por fin ha recuperado sus fines de semana. A tu hermano Luís le operaron hace unos días para quitarle una piedra del riñón, con tan mala pata que le perforaron la vejiga y  creo que aún sigue ingresado. Estuvo muy “pachucho” pero me parece que ya está mejor. La vida sigue aquí, así es como tiene que ser, ¿verdad?.      

            En fin, prometo seguir hablando contigo cada noche, y tenerte al corriente de todo lo aquí que pase. Quiero que sepas que cada día me acuerdo de ti, y que cada uno de tus recuerdos se convierte en una sonrisa en mis labios. ¿Sabes? Cada vez que me cruzo en la calle con las muchas personas a las que conocías,  me paran para saludarme y siento claramente que el cariño con el que me tratan proviene directamente del que te tenían a tí. Me reconocen como tu nieta y eso, me produce el mismo orgullo que me invadía cuando andábamos del brazo por las calles que hiciste tuyas con tu simpatía.      

            Me faltas para besarte, me faltan tus caricias y el perderme en tus ojos, pero te siento tan cerca que, en el fondo de los fondos, mi corazón no siente que te hayas ido muy lejos, te tiene aquí, muy adentro, junto al amor que en él dejaste.      

            A veces pienso en el futuro, últimamente muy a menudo, y me llena de tristeza el pensar que en él no estarás tú para consentir y hacer reír a mis peques, cuando los tenga, pero se que desde las historias de tu vida y con las cosas que vivimos juntas les llegará ese amor, y crecerán conociéndote, admirándote y amándote como lo he hecho yo, te lo prometo.      

            Llegó el momento del “hasta luego”, del “nos veremos” sin más lágrimas ni dolor, sólo con la tranquilidad del que espera, pues algún día, espero que dentro de mucho tiempo, vendrás a despertarme de nuevo, como tantas veces lo hiciste, y me llevarás contigo a donde por siempre estaremos juntas.      

            Hasta la vista yaya,      

                                           Tu nieta Cristina.      

            P.D. Tienes una letra encantadora, pues hace que el placer de leer tus cartas se alargue en el tiempo.

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Capitulo V, El del retrato

Y luz, mi yaya tenía mucha luz

 

No necesito cerrar los ojos, casi creo que la veo mejor cuando los tengo abiertos. Sobretodo las imágenes que, con mayor frecuencia, me visitan a hurtadillas tienen que ver con sus muecas. Mi yaya era una persona muy divertida y siempre dispuesta a robarte una sonrisa, aunque para ello tuviera que olvidarse de los cánones establecidos en referencia a las edades, a la suya y a las nuestras. En cierta manera, cuando se trataba de alegrarnos el día, ella volvía a ser joven y nosotros no más que críos. Recuerdo como se mofaba de mí cuando le montaba un numerito por cualquier tontería, como se giraba a mirarme mientras arrugaba frente, cejas, nariz y boca, como queriendo concentrar toda su cara bien, bien, en el centro de esta, inclinando la cabeza hacia el hombro alzado,  sobre el que me desafiaba burlona pasando su mirada por encima de los cristales de sus gafas de pasta translúcida. Era imposible seguir enfadada después de aquello, pero yo me hacía de rogar, para captar todas las atenciones con las que ella generosamente me colmaba.     

Nunca la vi maquillada, decía que antes se pintaba un poco, sobretodo los labios. De estos, podía intuirse que debieron haber sido mullidos aunque no muy gruesos, todavía conservaban  gran parte de su carnosidad y, según sus palabras, sobre ellos se daba “veinte mil refregones” con la barra de labios, hasta su segundo luto, entonces dejó de hacerlo.     

Era una mujer discretamente presumida. No tenía un gran armario de ropa ni de zapatos o bolsos, no llevaba joyas ostentosas y como ya he dicho no se maquillaba, pero si la observabas con atención, o te embobabas mirándola como solía hacer yo cuando se arreglaba para salir, podías descubrirla realmente.     

Primero se vestía. Su ropa era discreta y utilizaba  siempre estampados sin estridencias o telas de un solo color en tonos pastel, pero siempre combinaba perfectamente falda y blusa. Alguna vez me pidió que le acercara yo la ropa, y si mi elección no lucía armoniosa  no pasaba su control de calidad. Una vez vestida, se peinaba. Esta es otra de las imágenes que guardo con más cariño en el archivo de memoria de mis retinas. Su cabello lo clareaba con el paso del tiempo, empezando por el rubio oscuro fue eligiendo tonos cada vez más claros hasta que decidió que las canas le sentaban bien. Lo peinaba con cuidado con su peine amarillo, siguiendo de algún modo el mismo ritual cada vez, primero lo desenredaba con delicadeza para no chafarlo, por arriba y por detrás. A continuación, se aseguraba de que la parte superior de sus orejas quedaran bien cubiertas y no asomaran a través del pelo, moviendo tranquilamente la cabeza a un lado y a otro para poder comprobar frente al espejo que todo estaba en su sito y, finalmente, sostenía con una mano el bote de laca, de la marca de oferta del momento, y lo hacía bailar suavemente de  derecha a izquierda y de izquierda a derecha alrededor de su cabeza mientras con la otra mano se ahuecaba con cariño el cabello. Ya sólo faltaba una cosa, cogía una de las muchas botellas de  colonia para bebés que le habíamos ido regalando y, la derramaba con prudencia sobre las palmas de sus manos, las frotaba y se palpaba cuello, escote y antebrazos para impregnarlos del fresco aroma. Cogía el bolso, asegurándose de llevar el monedero y un pañuelo, se ponía con dificultades los zapatos y, mirándome expectante me preguntaba:    < ¿Va bien la yaya amante?> y yo, aún ensimismada contestaba siempre: << Muy bién yaya …>>.     

Mi yaya era una mujer bastante alta, mucho más que la mayoría de sus contemporáneas. Poco a poco los años y la curvatura de su espalda le hicieron encogerse, pero nunca se vio pequeña.     

Sus ojos no eran grandes, y apenas se adornaban con pestañas. Ella siempre se reía de eso. Cuando yo le decía que me había enamorado de sus ojos, emulaba una más que exagerada caída de párpados al más propio estilo de Hollywood, con aquellas pestañas casi imaginarias que tenía y me contestaba: << Es por las pestañas amante mío >>. Aún sin pestañas y pequeños, eran hermosos. Recuerdo el color a miel de sus ojos, como de un ámbar intenso, con pequeñas manchitas verde claro, y su mirada…     

Su nariz sujetaba sin problemas las gafas que siempre llevaba puestas, y que habían dejado unas marcas perennes a ambos lados de la curva prominente  que daba carácter a la dulzura de su rostro.     

Sus labios, como sus mejillas, tenían el tono subido contrastando así con la blancura de su piel de nieve.     

Bajo su barbilla colgaban ya los años vividos y, a pesar de que se las había hecho quitar recientemente, yo aún le recuerdo el grupo de verrugitas que lo adornaban, y con las que yo había jugado tanto de pequeña.     

Mi yaya tenía los brazos anchos y las manos finas, de dedos largos y uñas quebradizas pero bien formadas. Me gustaban especialmente las manos de mi yaya, tal vez porque de ellas provenían las caricias que más conocía yo.     

El contraste más evidente, en su aspecto, sin duda, era el que formaban su vientre y sus piernas. El primero era de un tamaño más que respetable, sobretodo comparándolo con las segundas. Tenía unas piernas largas y delgadas, a las que se refería con sorna como “garricas”, yo siempre las admiré, porque aunque realmente no estaban provistas de mucha carne, estaban perfectamente dibujadas, desde el nacimiento del muslo hasta el tobillo, pasando por las rodillas y las pantorrillas. Sus piernas se me antojaban más jóvenes que ella, hasta que se ponían en movimiento delatando de este modo su edad.     

Mi yaya albergaba en su interior tanta ternura y buen humor que se le escapaba del cuerpo y embriagaba a quienes la rodeaban. Su físico y su espíritu estaban en armonía, formando un todo completamente equilibrado. Lo que transmitía su exterior era el preámbulo perfecto de su interior: claro como su piel, vivido como sus pasos, tierno como sus caricias, divertido como su nariz, sereno como su sonrisa, dulce como sus ojos y bello como su mirada.     

Y luz, mi yaya tenía mucha luz.     

El lila le sentaba estupendamente. La recuerdo en la boda de mi prima, llevaba un dos piezas morado. El cuello de la blusa caía en forma de pico, protegido por la solapa lila decorada acertadamente con lazos bordados en malva y, la falda bajaba un palmo mas allá de sus rodillas. En cada lóbulo de sus orejas lucía una perla del tamaño de un guisante, aportándole el sutil toque de luz necesario, como la guinda en un pastel. Aquel día mi yaya llamó la atención de un modo especial. Estaba radiante. El lila le sentaba muy bien.     

Le gustaban la copla, los geranios, los pájaros y las naranjas. Disfrutaba de las charlas, los ratos de cachondeo, las llamadas de teléfonos (sobretodo si le llamaban a ella) y de todo esto más si era con sus hijos, incluso al final, cuando se perdía en las conversaciones, se la veía sonreír de verdadera  felicidad simplemente al contemplarles, orgullosa de saber que ella les había hecho tan maravillosos. Amaba a su familia por encima de todo lo demás, y nos lo demostró cada segundo de nuestras vidas.     

A mí yaya no le gustaban los enfrentamientos, las malas palabras ni las faltas de respeto. Procuraba no  gastar mucho dinero, no preocupar a su familia y tapar nuestras faltas. Toleraba los errores, los despistes, la torpeza e incluso el alud de besos y empalagos que le iba yo propinando, sin compasión, a cada rato. Mi yaya soportaba mis rabietas, la soledad de sus mañanas y la dejadez de mi abuelo. Le entristecían nuestros pesares, la injusticia, el desamor y las mentiras. Luchaba por mantenernos a todos unidos, por enseñarnos a ser felices, por estar a nuestro lado. Se dedicaba a cuidarnos, mimarnos, consolarnos, consentirnos, a darnos amor a manos llenas. Vivía por y para nosotros.     

Mi yaya fue una gran madre y la mejor de las abuelas, y para mi fortuna yo las tuve y las disfruté a las dos.

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Capitulo IV, El de la distancia

Mi querida nieta,

   

 Carta I   

 Cornellà a 16-9-93   

 < Mi querida nieta Cristina,   

¿Cómo estas corazón? Ayer recibimos tu carta y tú no sabes la alegría que nos diste, aunque tu madre nos ha tenido al corriente de todo, pero el que nos lo digas tú, pues parece que nos alegra más. Por lo que nos dijiste estas muy contenta, que todo eso es muy bonito, es otro mundo ¿verdad hija?. Hija cuídate mucho, pórtate bien, que sé que lo harás pues ya sabes que tu familia es la que estás ahora y, a propósito, salúdales en nuestro nombre.   

Bueno, pues ahora te voy a hablar de mí, de la torpe de tu abuela, pues es verdad que soy un poco fatal, pero en fin, ya estoy prácticamente bien, he pasado mucho pero G.A.D.© ya ha pasado, lo que más sentí es no poder ir a decirte adiós, a ver si Dios quiere  pueda   ir a esperarte, que ya te queda un mes menos.   

Cristina, ya sé que habéis empezado el colegio, amante aprovéchalo mucho, a ver si cuando vengas te puede solucionar un poco la vida y que sigas estudiando. Bueno, de aquí  poco te podemos contar, todo  sigue igual, que estamos todos bien que es lo principal. Les han llegado las cartas a todos y se han alegrado mucho.   

Cristina, que las comidas de ahí no te hacen mucha gracia. Dices  que les has hecho una tortilla y que les ha gustado mucho, otro día les haces arroz y fideos que también les gustará. Me dijo tu madre que tu madre adoptiva te paga las clases de baile porque está  muy contenta porque le ayudas mucho, pues haces bien, que se lo merecen.   

Bueno pues ya no te digo más porque te quiere escribir tu abuelo. Te mando muchos besos y cuídate mucho,   

                                                                        Tu abuela   

P.D. Coge la carta con paciencia para que la entiendas que es un poco difícil.>   

 Carta II   

 Cortes a 2-10-93   

          < Nuestra querida nieta,   

            ¿Cómo estás hija mía? Esperamos que estés bien y contenta, pues nosotros estamos muy bien porque estamos en Cortes, que hemos venido a pasar unos días con los tíos aprovechando las fiestas, como ya sabes que lo hacemos cada año, pues ya, si no pasa nada, el miércoles día cinco nos vamos.   

Cristina, como no sabemos cuanto cuesta llegar la carta, pues te felicitamos ya, pues me gustaría que la recibieras el día de tu cumpleaños y esperamos y te deseamos que lo pases muy feliz con tu nueva familia. Salúdalos en nuestro nombre. Cristina, me hubiera gustado mandarte algún dinero, pero hija, lo he mirado y te iba a mandar cinco mil pesetas pero se me quedan en tres mil de mandarlas, ya veré como me las apaño y te las mandaré.   

No sé si habrás recibido la carta que te escribimos en contestación a la que tú nos escribiste, y una cosa te quiero decir, si no les has escrito a tus otros abuelos, les escribes, porque estaban esperando tu carta.   

Nos alegramos mucho cuando recibimos tu carta, sabemos que estás muy contenta y que has visto muchas cosas muy bonitas, también nos dices que estás en un pueblo muy pequeño y muy bonito, pues amante, pásatelo bien pero cuídate mucho. Ya nos dirás como van los estudios, si te entienden bien, pues amante, pon mucho interés para que aprendas mucho que luego te vendrá muy bien y aprovéchalo para que, así, cuando vengas te puedas colocar a trabajar, pues ya verás que pronto se pasa el año y estarás otra vez entre nosotros, y te vendrás a pasar unos días con nosotros como este año amante, Dios querrá que sí.   

Amante, cuando nos escribas, ya me dirás si entiendes bien mi letra. Yo creo que si la entenderás porque lo hago muy bien, ¿verdad hija mía?   

Bueno, pues ya voy a terminar, los tíos me dicen que te mandan muchos besos y que te cuides mucho, y de mí parte, todos los que quieras y te repito que pases un buen día de tu cumpleaños.   

Tu abuela que sabes que te quiere mucho,   

                                                                                     Gloria   

P.D. Ahora te escribe tu abuelo, adiós amante. >   

 Carta III   

 Cornellà a 26-10-93   

< Nuestra querida nieta,   

¿Cómo estás corazón? Esperamos que te encuentres muy bien y por lo que vemos estas muy a gusto, lo pudimos ver el día de tu cumpleaños que se ve que estuviste todo el día de fiesta, así estabas de nerviosa cuando hablamos contigo. A ver si nos escribes y nos cuentas todo, sólo hemos recibido la primera carta, me dijiste que no entendías mi letra, a ver si esta la entiendes pues ya no lo se hacer mejor, esta me creo que la entenderás mejor pues la escribo un poco más clara, me parece a mí.   

 Cristina, le dijiste a la tía que te querías quedar otro año, pues nosotros no sabemos porque lo quieres hacer, si es porque quieres venir más preparada o por el plan de tu casa. Pues queremos que sepas que la casa de tus abuelos es tu casa, que te puedes venir con nosotros. Tú aprovecha bien este año que al otro Dios dirá. Ya sabemos que vas muy bien en el colegio, que sacas muy buenas notas, y el inglés ¿cómo está?, ¿Te entiendes bien?, esperamos que si, porque tú eres muy espabilada. También sabemos que has hecho o haces de canguro. Pues haces muy bien hija, si te ganas algo eso que le quitas a tu madre. Nos decías en tu carta que estás en un pueblo muy pequeño y muy bonito, pues nos alegramos mucho porque es más familiar, ¿no?.   

Bueno amante, voy a terminar porque le voy a dejar un poco de sitio a tu abuelo. La Sra. Antonia me da muchos recuerdos y yo te mando muchos besos y un abrazo muy fuerte.   

                               Tu abuela que te quiere mucho. >   

 Carta IV   

 Cornellà a 9-12-93   

             < Hola Cristinica,   

            ¿Cómo estás? Que no nos dices nada, todos los días esperando carta tuya y, ¡como si no!, que no nos llega. ¿Sabes que sólo nos has escrito una carta desde que te fuiste? Vamos sabiendo de tí, pero vaya, nos gustaría que nos escribieras. Ya sabemos que estás muy bien y que vas muy bien en el colegio, que nos alegramos mucho de que aproveches el tiempo. Pues nosotros te diremos que estamos bien pero con una pena muy grande pues sabrás que se ha muerto mi hermanica Mª Luz, la madre de la Belén y la Gloria que viven en Polinyà, te lo digo así para que sepas quien es. Estamos todos con mucho disgusto, pues murió de repente, vivió cuatro días pero en coma, pues tenía la tensión muy alta y no se cuidaba y estas han sido las consecuencias.   

            Cristina, ahora vienen las Navidades y te vamos a echar mucho en falta, procura pasártelo bien y cuídate mucho corazón, tengo ganas de que se pase el tiempo para que vengas a casa.   

            Cristina, el otro día hablé con tu madre y, como sabes que de mandar el dinero cuesta tres mil pesetas, y nosotros que te queremos mandar cinco mil pesetas para Reyes, pues te las mandamos con su dinero, que paga igual, y luego nosotros se lo damos a ella que me dijo que sí, así que ya lo sabes.   

Cristina, ya me dirás si ahora entiendes mi letra, yo creo que ahora la letra la hago más clara. Procura entenderla porque ya no la se hacer mejor.   

Bueno, pues ya no te voy a decir nada más, que le voy a dejar este trozo a tu abuelo, así que un abrazo muy fuerte y recuerdos a tu familia, y sobretodo cuídate mucho, tu abuela   

                                                         Gloria >   

Carta V   

 Cornellà a 15-2-94   

           < Nuestra querida nieta,   

            ¿Cómo estás corazón? Sabemos que estás bien, pero tú no nos dices nada, todos los días esperando carta tuya pero ¡como si no!, ya sabemos que estas bien porque el otro día llamó tu madre y nos dijo que había hablado contigo, que estas muy contenta y que vas con un chico un poco mayor que tú, y que era muy buen chico. Pues todo eso nos parece muy bien, pues estás en la edad pero, ¿ya te lo has mirado bien?, ¿ya estas segura? Y si no vuelves otro año ¿qué pasará?, aunque ya me dijo tu madre que tu quieres volver, en fin, vuelvas o no sólo te pedimos una cosa, que te cuides mucho, que no te pase nada que te arruine esa vida tan feliz que tienes, que nosotros sufriríamos mucho, pero la que perderías serías tú. Déjate llevar y respeta a la familia con la que estás, que sabes que te irá muy bien. No te enfades, amante, porque te haga estas advertencias, pues ya sabes amante que te queremos mucho, y que si te pasara alguna cosa tendríamos un sufrimiento muy grande. ¡Si vieras las ganas que tenemos que vengas!   

            Ya sabemos que vas muy bien en los estudios, pues sí hija mía, estudia mucho que te irá muy bien tal como está la vida, y el inglés ¿cómo te va? Me figuro que ya casi lo hablas porque se lo que eres tú, que eres muy decidida y aunque digas algo mal no te importa, y así se aprende. Bueno, y ¿cómo te van las clases de baile? También nos gusta que vayas a la iglesia, pues en la iglesia no aprenderás nada malo. Bueno, y ¿cómo va el frío? Te habrás hinchado de ver nieve, porque, según dicen, ha nevado mucho, incluso habéis estado incomunicados. Bueno, pero ya se pasa el invierno y viene el verano, y con el verano tú, pues ya sólo quedan cuatro meses si no cuento mal.   

            Bueno hija mía, pues ya no te escribo más, pues ya te he dado un poco de faena con leer la carta, tú la coges con paciencia y verás como la entiendes. Bueno sí, que te digo que estamos todos bien G.A.D. que nos escribas amante, que les des recuerdos a tu familia, o sea que los saludes en nuestro nombre, y un abrazo muy fuerte de tus abuelos que te quieren mucho,   

                                               Juan José y Gloria >   

 Carta VI   

 Cornellá a 2-3-94   

            <Nuestra querida nieta,   

            ¿Cómo estás corazón? Esperamos que estés bien, nosotros todos G.A.D. estamos muy bien y muy contentos de ver como estás. Hemos recibido tu carta y tu foto y tu padre la recibió unos días después. Vemos por tus fotos lo bien que estás, las han visto tus tías y tus primos, todos, y estamos muy contentos. ¡Vaya habitación que tienes amante! Que por lo que vemos tienes una casa y una familia muy buenas, tú no saques tu genio, pues ya sabes que siempre habrán cosas que no te parezcan bien, pero tú sabes que te pasará en todas partes. Yo sé que tú eres muy buena y muy cariñosa pero si te enfadas, lo pierdes todo. Por lo que vemos estás muy metida en la iglesia, pues me alegro mucho pues en la iglesia no aprenderás nada malo. Nos dices que tienes dos trabajos, pues nos alegramos mucho que te ganes  algún dinero, pues así le quitas algo de gasto a tu madre. Amante, estudia mucho para que tires el curso adelante y habla para todo en ingles, que esperamos sepas ya bastante, pues si vienes con el ingles aprendido y tus estudios, te puedas colocar a trabajar y a parte estudiar.   

            Amante, cuanto nos acordamos de ti, ya no quedan más que cuatro meses, si Dios quiere pronto se pasarán. Cuídate mucho, ya sabes que, como el año pasado, te vendrás por lo menos un mes, claro si te deja tu madre. Amante, no sabemos si recibiste las fotos que te mandamos, y como entiendes ahora mi letra, pues yo no entiendo muy bien la tuya. Tus primos y tus tías mandan muchos recuerdos, que ya te escribirán, las tías porque tienen mucha faena y la Carolina con los estudios, el medio curso lo ha aprobado todo, ¡y con buenas notas! también le da clases a un chico. Esta aquí la Sra. Antonia y me dice que te dé recuerdos y que te diga que estás muy guapa, pues le he enseñado tus fotos.   

            Y, ¿cómo vas con tu chaval? Y cuando te vengas ya hablaremos, ¿no?. Nos gustan mucho todos los regalos que te han hecho, ¡qué contenta te vemos! Y que contentos estamos todos de verte tan feliz.   

            Bueno amante, voy a terminar, escríbenos pronto para que nos cuentes muchas cosas.   

            Muchos besos de tus abuelos que te quieren mucho,   

                                                                                                 J.José y Gloria >   

Carta VII   

 Cornellà a 11-4-94   

           < Hola corazón,   

            ¿Cómo estas? Esperamos que te encuentre bien y muy contenta, como se te ve en las fotos, pues no sabes lo contentos que nos pusimos todos de ver lo bien que estás. ¡Vaya habitación que tienes!, ¡Y qué cama! No te caerás, ¿verdad?, ¡Y qué edredón! En fin, que nos quedamos todos muy contentos de ver lo bien que estás y que te quieren mucho, se ven una gente muy buena, la pena lo que les ha pasado con la hija, porque ya no podrán ser las cosas como ellos querían, que estudiara y que las cosas fueran por su sitio. Por eso, tú amante cuídate mucho, porque tu situación es muy distinta y nos harías sufrir mucho a todos. Y, bueno, ¿cómo vas con ese chaval? Tal y como se te ve de ilusionada, espero que vayas bien, ¿y ahora cuando te vengas?, que si vienes para junio sólo te quedan dos meses y medio, ¿has visto que poco nos queda para vernos?, ¡Qué ganas tengo corazón!.   

            Cristina, le decías a la Carolina que ibas a “Disneylandia”, pues te habrá gustado porque dicen que es muy precioso. Amante, a ver si nos escribes, ¿sabes que sólo hemos recibido dos cartas y yo te he escrito un montón? Bueno, y ¿cómo vas con el carné de conducir? Tú te lo quieres traer todo para aquí, a ver si te traes también el curso bien acabado.   

            Bueno amante, de por aquí poco te puedo contar, todo sigue igual, estamos todos bien G.A.D. que es lo principal, ¿no te parece hija? Ahora a esperar este tiempo que falta para que tú vengas y estemos juntos, que es lo que estamos deseando.   

            Bueno corazón, saluda de nuestra parte a tu familia Gaede, y a tu chico dile lo que quieras, y para ti un abrazo muy fuerte de tus abuelos que sabes que te queremos mucho,   

                                              Juan José y Gloria >   

Carta VIII   

 Cornellà a 23-5-94   

           < Cristinica corazón,   

            ¿Cómo estas? Esperamos que sigas bien, pues ahora sabemos muy a menudo de ti. Pues ahora nos figuramos que, contenta y a la vez triste porque dejas a esta familia que se han portado tan bien contigo, y lo principal el novio, eso te va a costar mucho ¿verdad hija mía? Pero no os preocupéis que si Dios quiere y si el destino es de que tengáis que acabar juntos, así será. Vosotros pedirle a Dios que os dé mucha constancia que la necesitáis, porque os separarán muchos kilómetros, pero dicen que para el amor no hay fronteras. Dale muchos recuerdos de nuestra parte y le dices, que si seguís, y un día viene, le dices que lo mismo que esta es tu casa, es de él.   

            Bueno amante, ahora te voy a decir de lo bien que vas a estar aquí con tu padre, pues si lo vieras con la ilusión que lo esta preparando todo. Sólo te pido que te lleves muy bien con tu padre, que el “geniecico” que tenemos todos lo dejemos a un lado, que a veces vale la pena, ¿no te parece hija mía?   

            Cristinica, ¿tú tienes ganas de venir? ¿Sí ó no?. Te das cuenta que sólo nos quedan siete semanas para vernos, y aunque no estemos juntas pero estamos muy cerca y tienes que venir para echarnos muchas “charradicas”© juntas, para que me cuentes todo lo que has hecho en estos once meses que has estado fuera de nosotros.   

            Bueno, del resto de la familia te diré que están todos bien, la Carolina me dice que te quiere escribir, pero que está muy ocupada con los estudios porque, además de lo que tiene que estudiar, le da clases a tres chicos y al Alejandro, así que no levanta cabeza de la mesa y apenas sale. Pero, Cristina, ¿te has sacado el carné de conducir?, ¿el curso  cómo va?, ¿lo sacarás, verdad?   

            Bueno amante, pues ya no te voy a decir nada más porque, como te decía, ya hablaremos cuando vengas, dale muchos recuerdos a todos los Sres. Gaede, y les dices que les estoy muy agradecida por lo bien que lo han hecho contigo. Pues ya no te escribiré más y así no me tienes que contestar.   

            Muchos besos de tus abuelos que te quieren,   

                                                                                     Juan José y Gloria >   


© G.A.D.- Gracias a Dios.   

© “Charradicas”- Charlas.

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Capitulo III, El de los regalos

... por eso te quiero tanto ...

La mayoría de las personas, en muchos momentos de nuestras vidas, nos sentimos muy desgraciados por lo que perdemos, por lo que añoramos, por lo que ya no tendremos más. Miramos el papel del revés, y así es imposible leer nada. Cuando añoramos, cuando sentimos que realmente tuvimos algo por lo que llorar ahora, no nos damos cuenta de lo afortunados que somos. No todo el mundo ha tenido a alguien o algo tan valioso como para que su perdida deje una muesca tan profunda en su alma, y los que la tenemos normalmente tendemos a mirarla del revés. Yo tengo la suerte de tener una gran muesca gravada en mi corazón a golpes de amor. Una muesca por la que lloro sí, lloro porque añoro al principio, y después de la emoción que eriza mi piel al embargarme la felicidad que siento tan vivida cuando recuerdo a mi yaya y lo que con ella viví. Me siento maravillosamente afortunada, la más afortunada a mis ojos soy yo, porque he tenido la oportunidad de AMAR, de conocer lo que se siente cuando se ama y se es amada desde el primero de los días de mi vida y, una vez se ha sentido… las puertas se quedan abiertas en espera de más. Mi yaya me enseñó desde pequeña lo que era amar a alguien sin “peros“ ni “apesares de“, porque así me quiso siempre y, de su querer incondicional, aprendí yo sin darme cuenta a amarla de igual modo, y para siempre. A veces, tenemos la suerte de cruzarnos un día sin más, con un ángel, quizás por casualidad, por fortuna, por necesidad o gracias a la posición de los planetas, quien sabe porque, lo importante es que pasa, y de nosotros depende el estar alerta y receptivos. Unas veces esos ángeles nos acompañan durante un gran trecho del camino, y otras, tan solo unos instantes, pero lo suficiente como para marcarnos de algún modo el corazón, tanto que al dejarnos, no nos conformamos con lo que nos dieron y lloramos rogando por más cuando, en realidad, deberíamos de saborear con alegría cada uno de los recuerdos que nos dejaron como prenda. Ahora, intento regalarle una sonrisa cada vez que vuelve a mí en mis sueños, pensamientos y recuerdos, cada vez que hablo de ella, cada vez que veo sus fotos o alguien me pregunta como era. Una sonrisa por recuerdo son, sin duda, suficientes sonrisas para llenar más de una vida, la mía y la de las personas que la compartan conmigo. Ella me regaló muchos motivos para sonreír, y yo se lo agradezco con mis sonrisas y la alegría de quienes las reciben.

Mi yaya me regaló esperanza, a manos llenas me regaló esperanza. Me prometió un destino iluminado por las estrellas y me enseñó el camino que me llevaba a él. Yo la creí. La creí porque mi yaya nunca me mintió, la creí porque en sus ojos había ilusión cuando me lo decía, y sobre todo, la creí porque ella fue quien me enseñó por donde empezaba ese camino, como tenía que andarlo y sobre todo, me dio la fuerza para emprenderlo y cambiar mi estrella. Mi yaya me regaló esperanza cada vez que, con ternura, secó mis lágrimas y me dijo: < No llores amante mío > porque si la tenía a ella todo tenía solución.

Seguridad y protección, mi yaya me regaló siempre seguridad y protección. Cuando yo nací mis padres, que a duras penas habían superado entonces la adolescencia, vivían conmigo en casa de mis abuelos y mi cuna, de hecho, moraba directamente al lado de la cama de matrimonio que ocupaban mis abuelos, concrétamente en el lado izquierdo, junto a mi yaya. Al poco mis padres compraron su propio nido, pero ambos trabajaban desde muy temprano por la mañana hasta bien entrada la tarde, así que, para mi disfrute, mi yaya se encargó de cuidarme, y más adelante de sacarme de la guardería al cansarse de recogerme con los puños mojados y de velar luego las fiebres que estos provocaban. Parte de la culpa de la curvatura de su espalda tengo que reconocerla como mía, pues me cargó en sus brazos, con toda seguridad, más de las veces que hubieran sido necesarias. Una vez ya en el suelo, caminé siempre de su mano. Durante mi adolescencia fue el eje de cordura de mi vida, y su casa y sus brazos la guarida que me esperaban tras las tormentas. Lo único que no cambió, lo inamovible. La única que me entendió sin necesidad de que yo me explicará. Ella siempre estuvo allí, esperándome a mí y a mis circunstancias para lavarnos la cara y darnos fuerzas para seguir.

Uno de los regalos de mi yaya que guardo con más cariño es la ilusión. Me la regaló al tiempo que me la mostraba. Mi yaya nunca tuvo grandes cosas, ni una vida repleta de comodidades, más bien todo lo contrario. Nació en una familia “justita”, no por el número de miembros que la componían sino a causa de ellos y del escaso sueldo que su padre Demetrio podía traer a casa después de salir a ganarse el jornal. Era la tercera de diez hermanos, y la mano derecha de su madre. En su casa los sacrificios venían siempre de su parte a la hora de arrimar el hombro. Estudió lo casi imprescindible en el colegio. Cantando aprendió la geografía española con sus provincias y ríos, incluso llegó a saber quienes fueron los reyes godos y los visigodos, cuando menos sus nombres, y poco más por aquel entonces, puesto que enseguida dejó el colegio para irse a cuidar niños que, con rabia recordaba, no eran más pequeños que sus propios “hermanicos”,  a los que tanto ayudó ella a criar y que, bien pudieron ellos ponerse a dudar de  quien era realmente su madre si ella o su madre Joaquina. Más adelante, y compaginándolo con su profunda vocación de hermana mayor, entró a servir en casa de las maestras del pueblo. Doña Flora, que debía de ser la más vieja de ellas o al menos de la que más se acordaba mi yaya, aparte de boicotearla todo cuanto pudo en su adolescencia encontrándole quehaceres de última hora cuando llegaba la fiesta mayor para San Miguel,   le acabó de enseñar algo que yo siempre agradeceré, a leer y a escribir. De aquella época se quedaron  gravadas en su memoria dos cosa por encima de las demás, o tal vez se me gravaron a mí al escucharla, el frío  de las aguas del río en el que lavaba baldes y baldes de ropa con un pedazo de jabón y los bailes en fiestas. Mi yaya siempre recordaba aquellos tiempos como los más felices de su vida. Es curioso, ¿ no?, los más felices. Mi yaya aprendió a vivir con ilusión en un mundo que parecía  hecho en su contra, y encontró en las cosas más dispares motivos para llenar su corazón. A veces decía: < Fui feliz hasta que me entró el conocimiento > frase que le recordaba yo cada vez que me reclamaba formalidad, y que en realidad se traducía en la emoción que le sobrevenía cuando recordaba viejos tiempos. Sí, pese a todo, siempre encontró motivos para mantener viva su ilusión, y de algún modo, a salvo de los arañazos de la vida, pues la conservaba con el brillo suficiente como para introducirla en nuestros corazones. Sin duda es uno de los regalos que conservo con más cariño.

La fuerza y la valentía se le escapaban a mi yaya por cada poro de su piel, dándome en la cara hasta el punto de hacerme bajar, en muchas ocasiones, la mirada, al dejar al descubierto, en mi interior, la flojera que en ella yo no veía y a mí me sobraba. Este es sin duda el más admirable para mí, de los regalos que me dejó. Mi yaya fue la persona más fuerte que he conocido, y sin pensarlo diría también que fue la más valiente. Su fuerza no le dejó hincar sus rodillas en el suelo cuando la vida  le dio la espalda asestándole el más duro de los golpes al llevarse a dos de sus hijos. A los nueve meses de obsequiarle con su primer hijo, Pedro José, el cielo tuvo a bien el quitárselo, llenándolo de unos puntos rojos que en aquel entonces lograron robarle la vida cuando apenas la había estrenado. Que diferente hubiera sido hoy en día, ya nadie muere a causa del sarampión. La mayor de las alegrías y la más terrible de las tristezas las vivió mi yaya en menos de un año, y se levantó. Aún no habían cumplido los diez años de su primer luto, cuando mi yaya ya contaba con  tres nuevos hijos, Gloria, la mayor, Mª Jesús, la más tímida y  mí padre, Juan Antonio, que sin duda alguna resultó ser el más tremendo de todos. Fue entonces cuando dio a luz al quinto de sus  retoños, Cesarico, el más “salao”, y cuya perdida, a los cuatro años, por una más que posible meningitis aguda, casi le cuesta la cordura a mi yaya. Le lloró y le lloró, se le agotaba el tiempo frente a su nicho, y aún recuerdan sus hermanos las horas de juego, que tras su muerte pasaron en el cementerio, mientras su madre no entendía porque su pequeño dormía para siempre allí, tras la lápida de mármol blanco que custodiaban arrodillados dos alados querubines rezando por su alma. Y cuando parecía no tener fondo el oscuro agujero donde mi yaya calló, la fuerza volvió a su vida en forma de un nuevo bebé, Javier, su ilusión. Mi yaya tenía ya cuarenta y dos años cuando mi tío nació y, pese al dolor que aún cargaba en su alma, y a que tuvo que hacer  operar a su recién estrenado bebé al poco tiempo de nacido, la recuperación de este, le devolvió una fuerza y una valentía que ya nunca le abandonarían. Mi yaya nunca se quejó. Excepto en las dos ocasiones que fue operada y  tras uno de sus partos que casi le cuesta la vida, jamás guardó cama, parecía imbatible, como tocada por la mano de Dios, por lo menos a nuestros ojos, los de quienes siempre estábamos pendiente. Bromeaba, incluso, diciendo que el fuego la conocía cuando al cocinar dejaba sin darse cuenta, más tiempo del prudente, su mano sobre él y yo le advertía presa del pánico que iba a quemarse. Ahora creo que realmente aquel fuego la conocía, pues nunca le lastimó. Ningún dolor parecía suficiente para doblegarla o hacerla gemir, pero sin duda lo sufrió. Durante la enfermedad que le costó la vida, lo sufrió, por lo menos en esta ocasión no me cabe la menor duda que lo sufrió, lo leía en sus ojos, pero de su boca no salió nunca una queja más allá de un < amante, tú yaya ya no vale tres perricas >. Mi yaya tuvo el valor y la fuerza necesarias para llevar su última estocada con dignidad y tuvo el valor y la fuerza necesaria para morderse el sufrimiento y no permitirle lastimarnos más allá de lo estrictamente necesario, se lo comió para protegernos, como siempre. Me regaló su entereza, y el orgullo que se siente cuando estas ante una persona tan extremadamente entera y digna.

Su generosidad sin límites, ese fue un regaló directo y en primera persona. Mi yaya me enseñó lo que es dar. Dar sin más, sin prejuicios, sin condiciones, sin intereses y por supuesto sin esperar respuesta. Sólo dar. Me dio amor, ternura, tranquilidad, sosiego, me dio paz y cariño, alegría y consuelo. Mi yaya me dio un hogar y me entregó su vida. Me lo dio todo excepto a luz, y no era a ella a quien le correspondía, pero aun así me hizo suya y me amó como tal. Sé que en más ocasiones de las que pudiera sentirse nadie orgullosa, no lo he merecido, pero aun así me lo dio todo sin resquemor, de corazón. También sé que ya nadie volverá a ser tan entregado conmigo, como sé que  ahora es mi turno de dar, y espero saber utilizar bien el regalo que ella me entregó.

Amor, mi yaya me regaló todo el amor.

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Capitulo II, El del Adiós

Mezclándose dulce y salado ...

El día apenas despuntaba, pero en lugar de engalanarse con sus bellos calabazas y rojos, la oscuridad de la noche no quería dar paso al nuevo día que, sin remedio amanecía. La pintura, que un día brillo de un blanco impoluto bajo el sol, la misma que el paso del tiempo se había encargado de hacer saltar de la superficie rugosa del barro cocido de los ladrillos,  como se escapa la arena de las piedras del río al ser golpeadas por  el agua que lleva, se clavaba ahora en mis codos, intentando hacerme volver a la realidad. Pero ni siquiera la lluvia que había empezado a caer y que mojaba sin compasión mis brazos y mi cara, me traía de vuelta del letargo en el que parecía haberme sumido. El cielo rompió a llorar, con más fuerza que yo, sin duda. Yo había sabido siempre que llegado este momento llovería. Aunque nunca había pensado en ello directamente. Siempre que temía este día me resultaba muy cínico el pensar que todo pudiera seguir su curso sin más, como si nada. La vida no podía, simplemente, pasar de puntillas por encima y seguir avanzando sin lamentarse. Yo sabía que iba a llover.

            Aquel año el verano se escribió en mayúsculas, no sólo por su intensidad, principalmente porque se agarró al calendario hasta bien entrado el otoño, robándome sin piedad una parte importante de mi estación preferida. En cualquier caso, en aquel momento, la madrugada del dos de septiembre del dos mil cuatro, apoyada sobre el muro de un metro que marcaba el final de la galería que me había visto crecer, yo no sentía ni el agua que el cielo lloraba sobre mi cara, ni mis propias lágrimas que, apagadas, resbalaban hacía mi cuello mezclándose dulce y salado al tocar el descorchado de la pintura. El cielo se rompió conmigo, como no podía ser de otra manera. Se rompió con todos los que a aquellas horas tempranas ya habíamos saludado con amargura al día.

            Con su última exhalación, mi yaya había privado para siempre al mundo de su presencia, hurtándole,  en mi corazón, su bien más preciado. La oscura tranquilidad del techo del mundo se abrazaba con el más doloroso de los silencios que jamás pasearon por mi hogar. Recordándolo ahora me resulta curioso, no oigo en mi memoria el ruido del agua cayendo estrepitosamente sobre la euralita, y sin duda debió de hacerse presente en cada rincón de la casa, como lo hacía siempre que el cielo nos regalaba una tormenta de aquella envergadura. Pensé entonces en mi padre y en mis tíos, en la flojera que les debió recorrer el cuerpo cuando oyeron sonar el teléfono, en su amanecer lluvioso. Pensé en mi padre sí, y sin darme cuenta le añadí peso a mí corazón  imaginando su dolor. Recuerdo su cara al entrar en casa, su desesperación contenida al abrazarse a sus hermanas, sus lágrimas, y recuerdo la ternura que me inspiró el  verlo tan vulnerable. En cierta manera la parte más noble de nuestros corazones anhelaban aquel momento desde que ella ya no quiso comer ni beber, o no pudo, no sé. El desenlace era irremediablemente el que era y, aunque el egoísmo propio del que ama no nos dejaba resignarnos, el amor vino a intentar consolarnos cuando se la llevaron, cuando aún llena la casa se quedó vacía.

            El cortejo negro de coches desfilaba tan despacio que el camino se alargó como si no quisiera llegar nunca a su destino, el cielo estaba abriéndose literalmente sobre nosotros, el agua parecía ser arrojada a cubazos contra las lunas y los limpiaparabrisas no daban abasto ni de lejos. La evidencia de mi premonición sobre aquel momento sobrecogió  mi espíritu. Era verano, pero el invierno de nuestras almas salió de ellas para oscurecer el primer amanecer que ya no verían sus dulces ojos, en un último intento de ocultárselo así al resto del mundo. Fue ese, el amanecer número treinta mil  ciento setenta y seis el que se le escapo, el que nosotros encontramos sin consuelo bajo aquel oscuro aguacero.

            Pero no sería justo darle a este amanecer más pompa que a los miles de amaneceres que le precedieron, este sólo fue el último, el más doloroso en mis recuerdos, el que menos me dejó. Es a los treinta mil ciento setenta y cinco amaneceres anteriores y a los días que les siguieron a los que me gustaría honrar, y compartir los que de ellos yo disfruté.

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Capitulo I, El del ¿ por qué ?

Quid pro quo

 

La realidad no es, nunca, exactamente como la recordamos.

Nuestra memoria tiñe con sensaciones los recuerdos, nuestros sentimientos turban las verdades de otros tiempos y dan nueva forma a lo pasado, para llenarlo de nosotros, como lo hace el amor en los ojos ciegos de su enamorado, y a mí me gusta así. En cierto modo, consuela el pensar que lo que un día llamamos realidad, queda impregnada con nuestros sentimientos y sensaciones al vivirla, convirtiéndose en algo distinto al fundirse con  nosotros, de igual manera que nosotros cambiamos al llenarnos de sus diferentes colores cuando se cruza en nuestro camino. Quid pro quo.

Sus ojos de miel endulzaban mi alma.

Su amor y atención se escurrían como agua a través de su mirada, siempre pendiente de mí desde el día de mi nacimiento. Esa es la mirada que, atesorada guardo, en mi primer recuerdo.

Recuerdo las cortinas de colores, la calidez del sol, la sensación de seguridad y a ella.

En algún lugar oí a alguien una vez hablar de cierto ejercicio para estimular la memoria. Yo, que nunca he andado sobrada de tal don, decidí ponerlo en práctica. Se trataba de desandar el camino hasta donde lo veíamos, es decir, de buscar en la memoria al primero de nuestros recuerdos. Parece algo sencillo, pero lo cierto es que, al iniciarlo, en seguida ves el luz de gas del que has sido víctima, puesto que hasta que lo encuentras, van apareciendo en tu cabeza un buen número de falsos primeros recuerdos que tendremos que ir colocando cronológicamente en el pensamiento, ayudándonos de  detalles tales como el lugar en el que ocurren, la ropa, el clima, las compañías, cualquier cosa que nos ayude a ubicarlo correctamente en su lugar de origen. Al fin, escondido, lo encontré. De hecho, creo que siempre estuvo ahí, al alcance de mi mano, dado a la claridad con la que se me aparece y lo vividas que me resultan sus sensaciones al recordarlo. Tengo la impresión de que nunca anduvo demasiado lejos. La verdadera sorpresa para mí llegó al darme cuenta de mi capacidad para desandar tanto el camino, llegando tan cerca de su primera piedra. Para alguien a  quien le resulta una odisea recordar con detalles el día anterior, resultó revelador.

En mi primer recuerdo yo no había cumplido los  dos años.

< El canto alegre del canario y el calor del verano atravesando la uralita verde sobre mi cabeza. Sobre el medio metro de muro pasan sus torpes rayos, precipitando su  reflejo contra las baldosas naranjas y amarillas del suelo de la galería, calentando al rebotar mi pequeño y  torpe cuerpo dentro del parque de juegos azul y gris, donde intento mantener el equilibrio mientras me balanceo sujeta a su baranda. El pañal no resulta de gran ayuda. Mi mirada no está perdida, aunque sí absorta. Frente a mí, la misma cortina de colores que aún hoy separa la cocina de la galería, pero entonces los rojos, azules, verdes, marrones, grises y amarillos lucían radiantes en sus recién estrenadas tiras, que yo misma me encargaría de envejecer con premura colgándome de ellas. Miro a través de éstas, dentro de la pequeña cocina, frente a sus fogones. Allí esta ella. Cocinando y cantándome, como siempre, pendiente y atenta, como siempre, con esa mirada suya tan llena de amor y dulzura, como siempre.>

Posiblemente no estaba envuelta de la suave luz con que la veo en mi recuerdo, o tal vez esa luz fuera la que se colaba por la pequeña ventana que quedaba a la altura de su cabeza sobre el mármol blanco, a su derecha, que era mi izquierda desde donde yo la miraba. En todo caso así es como yo la conservo en mi memoria, inclinada sobre los fogones, con la cuchara de madera en la mano, removiendo algo de dentro de una olla barrigona, de la que se escapaba un embriagador aroma, sus guisos siempre hicieron mover mis tripas, incluso ahora desde el recuerdo. Vestía una fresca bata de suaves estampados en verde, de cuello escotado y sin mangas, cubriéndola hasta más abajo de las rodillas, zapatillas descubiertas y delantal, claro (no se cocina sin delantal ni se cose sin dedal), canturreándome y envuelta de luz. Esta es la primera imagen que conservo de mi yaya, y lo que hace tan especial a mi primer recuerdo.

Resultó un buen ejercicio, sí, ahora ya nunca olvidaré mi primer recuerdo, ni como me sentí al recuperarlo. Este recuerdo me ha acompañado en los momentos más difíciles aliviando mi angustia, viniendo a mí sin avisar, como un ángel desde el pasado. Desde el momento en que lo encontré, ya no he necesitado llamarlo, viene a mí sin más, cuando mi espíritu lo requiere. Ahora es algo que suelo recomendar. Tengo una teoría (que no es más que eso, una teoría), creo que nadie guardaría como primer recuerdo uno doloroso, sino más bien algo que le haga feliz, quizá atesoremos como primer recuerdo aquel momento en que por primera vez fuimos conscientes de nuestra felicidad, tal vez. 

Por mucho que temas un momento, una situación, o un desenlace, si tiene que ser será y el miedo que sufres de antemano no conseguirá evitarlo. Resulta obvio verdad, pues en alguna ocasión todos hemos perdido el tiempo de esa manera, nos hemos olvidado del carpe diem y nos hemos consumido durante el camino, aunque el sufrimiento real, inevitable, estaba únicamente al final. Este estúpido ritual en mayor o menor medida, y con mayor o menor intensidad y frecuencia, solemos llevarlo a cabo más de una, dos y mil veces a lo largo de nuestras vidas, provocado por las cosas más absurdas, visitas al dentista, exámenes no preparados e incluso citas suicidas que, unas veces sabiendo que no van a salir bien y otras siendo conscientes de nuestra falta de capacidad para evitarlas, nos empeñamos en sufrir hasta en el trayecto que lleva a ellas, como si eso fuera a atenuar nuestro dolor. Proyectamos el sentimiento a la inversa, el miedo a sufrir en un futuro más o menos lejano, provoca en sí mismo un nuevo dolor consiguiendo el efecto real contrario, lo alarga en el tiempo, y no solo no evitará el golpe, sino que le ponemos zarzas al camino que a él, sin remedio, nos lleva. Hay una cosa que, en todos nosotros provoca esta reacción: LA MUERTE. Algunos, los más impacientes, incautos o creyentes dirán: “Yo no temo a la muerte” y tal vez sea verdad, pero yo no estoy hablando de “la muerte” sino de “LA MUERTE”, la diferencia para mí entre ellas, es que la primera es la nuestra propia, la de cada uno en particular, y la segunda, es a mi parecer la que más nos asusta a la mayor parte de los mortales, la de nuestros seres más queridos, esa que sufrimos antes de que ocurra, cuando ocurre y después… siempre.

Cuando yo nací, un dieciséis de octubre  del siglo veinte, mi yaya ya llevaba en este mundo mucho vivido. Mucho vivido. Ya le había dado tiempo de ser muy feliz, inmensamente feliz, y de ser muy desgraciada, terriblemente desgraciada, ya le había dado tiempo incluso de intercalar esas sensaciones en varias ocasiones, pues cuando yo nací ella ya había cumplido los cincuenta y cuatro.

Mi yaya nació en Cortes de Navarra,  un pueblo que en sus labios siempre fue el más lindo. Admiraba, respetaba y amaba a su padre y admiraba, respetaba, amaba y adoraba a su madre, aunque de su boca jamás salió explícita ninguna diferencia. Era la tercera de diez hermanos, cinco chicas y cinco chicos, “la más feica pero la más salada”, eso me contaba mientras se reía, aunque yo siempre pensé que era hermosa, y desde luego salada. Poseía ese punto, difícil de encontrar en tantas otras personas, tenía mucha gracia sin ser chistosa, y era alegre sin ser alocada, divertida aunque la más sensata y aunque de ingenio brillante, jamás fue hiriente en sus comentarios. Se casó a los veintiséis, en enero, con el frío y de negro, completamente enamorada “del más guapo del pueblo”, que sin saber como eran los otros, mi abuelo, desde luego, bien podía haber merecido semejante calificación, por lo que cuentan las fotografías amarillentas y agrietadas que guardaba mi yaya en una especie de bolso de mano o portafolios de polipiel con la cremallera rota y cerrado artísticamente con varias “gomas de pollo” de diferentes colores, las gomas no los pollos. Uno tras otro tubo seis hijos, cuatro chicos y dos chicas y entre tanto en mil novecientos cincuenta, después de vivir un año en Teruel, se instalaron definitivamente en Cornellá , una ciudad del área metropolitana de Barcelona, donde nacieron sus siete nietos, seis chicas y un chico, una de ellas yo que soy, por orden de aparición, la segunda.

Contado así, a modo de carta de presentación, no parece una historia muy diferente a la de cualquiera. Tal vez no lo sea, o quizá  sí, lo que para mí la hace diferente a todas las demás historias, es que es la de mi yaya, y ella, era la persona más asombrosamente maravillosa que he conocido, difícil de superar, y por la que siento un orgullo tan inmenso, que a veces parece partirme el pecho. Para mí, fue un ángel del Señor enviado a la Tierra para mostrarnos el camino, y yo fui su misión especial, me cruce en el suyo para que salvara mi vida.

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Para qué?

En nuestro dolor, tendemos a leer el libro del revés y, así, no se entiende nada; sólo añoramos lo que nos ha dado felicidad y la felicidad siempre deja un recuerdo dulce en los labios … una sonrisa.

<< … Y en sueños vino a mí, como el sedante susurro de las olas, suave y profundo, como el lecho marino en el que reposaba. Y su voz, desde la distancia, se acercaba a acariciar mis ojos que, aunque dormidos y aletargados, lograron al fin diferenciar su rostro de entre todos aquellos otros que bajo el mar me rodeaban.

Así, como una corriente cálida, me envolvió entre sueños, apartando de mí las gélidas aguas del océano donde le esperaba y, abrazándose a mi cuerpo en silencio, susurró:

 “Despierta” >>

Como el sedante susurro de las olas ...

En memoria de mi yaya Gloria Pemán Urroz

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Una sonrisa en mis labios

De la mano de un extraño

 

“Una sonrisa en mis labios” fue mi primer intento de comunicar algo que para mí era importante al mundo. Pero como tantas otras cosas, se quedó guardado en un cajón. En el último año, mi vida ha cambiado mucho y he conocido a muchas personas que se han sentido cómodas hablándome de sus inquietudes, de sus alegrías y … de su dolor. Todos necesitamos que nos escuchen, que nos entiendan, que nos ayuden, aunque sea muy de vez en cuando o de la mano de un extraño. 

En cualquier caso, la realidad es que el sufrimiento suele engancharse al alma como un parásito y que hacerle el camino fácil y prepararle una cómoda habitación en nuestro corazón, no soluciona nada. Quienes me conocen no se sorprenderán cuando me lean, bajo el lema de “dale la vuelta si no te gusta su cara porqué puede que tenga un bonito trasero”, me niego a dejarme vencer por el dolor e invito, a todo el que se sienta agustito leyendo lo que seguirá, a intentar “darle la vuelta” al dolor para ver que hay tras él que merezca la pena. Para ello os dejo parte de mi corazón al descubierto por si pudiera ayudaros de algún modo. Por favor, tratarlo con cariño.

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